Por Cinthya Dioses
En el Perú, la adopción sigue cargando con viejos estigmas. Se percibe como la última opción, más vinculada a la imposibilidad de tener hijos biológicos que a una verdadera alternativa de cuidado y reparación frente al abandono. Los prejuicios y el desconocimiento no solo atraviesan a las familias que adoptan, también marcan la vida de los niñas, niños y adolescentes que esperan un hogar.
A junio de 2025, más de 1,400 menores vivían en centros de acogida residencial, según el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP). Cada uno de ellos representa una historia en busca de estabilidad y afecto. La adopción podría ser ese camino, pero todavía enfrenta barreras sociales y culturales que dificultan su plena aceptación.
“Sangre de tu sangre” fue la frase que una de nuestras entrevistadas recibió con tono sarcástico en plena adolescencia. “¿Sabes quiénes son tus papás reales? A ti nunca te adoptaron, a ti te dejaron tirada”, le dijeron por Messenger. Ese golpe, disfrazado de burla, revela la manera en que nuestra sociedad suele reducir la identidad al vínculo biológico, negando la legitimidad de otras formas de hacer familia.
Más allá de las estadísticas y los discursos oficiales, son las historias de quienes vivieron la adopción las que permiten entender cómo operan los prejuicios y silencios en la vida cotidiana. Lucía y Mariella, adoptadas en circunstancias distintas y en etapas diferentes de su vida, recuerdan cómo se enteraron de su origen y cómo enfrentaron los comentarios de su entorno. Sus testimonios muestran un contraste, por un lado un diálogo temprano y por otro un silencio prolongado, pero al mismo tiempo la coincidencia de haber crecido en hogares donde fueron recibidas con amor.
Historias reales: Lucía y Mariella
Lucía
Fue adoptada a los seis meses, luego de que su madre biológica falleciera a causa de un cáncer. Pasó primero por el hospital, unos días en el INABIF y, finalmente, llegó al hogar que la criaría. Su familia atravesó un proceso largo y burocrático, lleno de requisitos: casa propia, trabajo estable, un buen sueldo, nos cuenta.
A los siete años se enteró de la verdad. Una tarde cualquiera, después de jugar en el parque, su madre la sentó y le explicó que su mamá biológica había muerto, que había estado enferma y que la familia la había recibido con amor: “Nosotros te hemos acogido, te hemos traído a la casa desde bebita porque para nosotros eres nuestra familia”.
En ese momento no reaccionó, pero con el tiempo lo que sintió fue una especie de alivio. Antes tenía dudas y sospechas; ahora tenía la certeza de saber de dónde venía. Saber que había sido recibida con amor le dio seguridad. “Aprendí que el amor no depende de la sangre”, dice hoy, ya adulta.
Mariella
Tenía 32 años cuando, en un viaje a Cajamarca, se animó a preguntarle directamente a sus padres por su origen. Ellos le contaron que su madre biológica había decidido darla en adopción por motivos que desconocían y que desde entonces la habían criado como una hija. “Era algo que yo ya había sospechado desde siempre”, recuerda.
La duda la había acompañado desde pequeña, al igual que a Lucía, por los comentarios que escuchaba a su alrededor. El episodio más confrontativo y duro —que le confirmó que sus sospechas no estaban injustificadas— ocurrió cuando una chica de otra escuela le escribió por Messenger y, entre varias ofensas, lanzó la frase que no olvidaría: “A ti no te adoptaron, a ti te dejaron tirada”. Aquello la impactó. La situación derivó en una pelea mayor que terminó en el hospital, y fue entonces cuando tuvo que hablarlo en casa. Pero aun así, el tema no se abordó abiertamente. “Yo quería preguntarles, pero no sabía cómo”, confiesa.
Con los años, pudo armar su propia lectura de la historia. Comprendió que los silencios familiares habían dejado preguntas sin respuesta, pero también que su vida estuvo marcada por el cuidado y la crianza de quienes la recibieron como hija. Hoy, al mirar hacia atrás, resume su experiencia con serenidad: “Uno siempre quiere saber de dónde viene, pero también aprende que no todo depende de la sangre”.
Ambas vivieron comentarios, miradas y prejuicios que les recordaban su diferencia, pero también construyeron una certeza común: la adopción no las define por la ausencia, sino por el amor que las sostuvo
Adultos primero, niños después
Una especialista de la Dirección General de Adopciones del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) explica que, si bien los requisitos formales para iniciar el proceso no son demasiados —ingresos mínimos de 2,700 soles, no tener antecedentes penales ni policiales, gozar de salud física y mental, entre otros—, la evaluación de las capacidades y motivaciones de los solicitantes es rigurosa. La razón es evidente: lo que está en juego es la vida y el futuro de un niño.
Sin embargo, la adopción en el Perú sigue marcada por prejuicios. Muchas familias esperan un recién nacido “lo más parecido posible a un hijo biológico”, cuando en realidad la mayoría de los niños en espera son mayores de seis años, grupos de hermanos o menores con algún diagnóstico de salud.
Persisten rezagos de una mirada adultocéntrica que prioriza el deseo de los padres antes que el derecho de los niños. “No se trata de tapar un vacío —señala la especialista—, sino de entender que los niños no son objetos, sino personas con trayectorias complejas”.

Contexto del abandono en el Perú
En el país no existe una cifra exacta y oficial que represente el número total de niñas, niños y adolescentes abandonados cada año. La información más actualizada y detallada, publicada por el MIMP, se centra en quienes son atendidos en los Centros de Acogida Residencial (CAR) y en aquellos que viven en situación de vulnerabilidad en las calles, más que en un conteo general de casos de abandono.
De acuerdo con el boletín estadístico mensual del INABIF, a junio de 2025 se registraron 1,419 niñas, niños y adolescentes en los CAR, en su mayoría varones de entre 6 y 11 años. Las principales causas de ingreso son el abandono, la negligencia y la violencia familiar.
En paralelo, los Centros de Urgencia atendieron a cerca de un centenar de menores en situación crítica, mientras que el Servicio de Educadores de Calle acompañó a 1,352 niñas, niños y adolescentes.
Es importante subrayar que no todos los que ingresan a los centros de acogida son declarados en situación de adoptabilidad. Para que un niño pueda ser adoptado, el Poder Judicial debe declarar legalmente su estado de abandono, un proceso que requiere tiempo y recursos, y que en sí mismo ameritaría un reportaje aparte.
Mientras tanto, cientos de niñas y niños transitan su infancia entre albergues, calles y una compleja burocracia estatal, a la espera de que la adopción se convierta en una alternativa real para quienes ya cuentan con la condición legal necesaria.
Las cifras detrás del proceso
En la Dirección General de Adopciones nos cuentan que cada año, alrededor de 1,000 familias asisten a las sesiones informativas de la Dirección de Adopciones. Sin embargo, no más de 80 llegan a iniciar los talleres. Y de esas, algunas reciben una calificación desfavorable, aunque intentan presentarse de nuevo.
Detrás de esos números, el sesgo es evidente: muchas familias buscan bebés, “lo más pequeños posibles”, y desestiman la posibilidad de acoger a niños mayores o adolescentes. La adopción en el Perú sigue marcada por los prejuicios: se la ve como un parche para llenar un vacío, más que como un compromiso real con el bienestar de los niños, nos comenta la especialista de la Dirección General de Adopciones.
La adopción no es caridad, tampoco un trámite para “dar hijos”
“Muchas veces, las familias que llegan a la Dirección de Adopciones no buscan ayudar: lo que quieren es un hijo”, nos cuenta la especialista de la institución. La mayoría de solicitantes tiene más de 40 años, y no pocos llegan al proceso como una suerte de resignación, cuando la fertilidad ya no es una opción. En la misma calle hay centros de fertilidad y oficinas de adopción. La especialista insiste en un punto que parece obvio pero no lo es: la adopción no es un acto de caridad. “El procedimiento está diseñado para darle familia a un niño, no hijos a los adultos”, subraya. Ese cambio de mirada es reciente: hasta 1996, el proceso era tan precario que bastaba una firma en un papel. Hoy, en cambio, hay pasos administrativos claros y un componente emocional que todavía necesita fortalecerse.

La mirada de la psicología infantil
La psicóloga clínica Valeria Lucía Cámere Echevarría explica que “el apego es algo primordial y específicamente la base de la seguridad, la autoestima y la confianza”. Cuando un niño enfrenta abandono o falta de cuidados en los primeros años, es probable que luego enfrente consecuencias negativas en su autoestima, en la seguridad emocional y también en la capacidad de relacionarse con los demás.
El impacto puede manifestarse en inseguridades, dificultades para regular emociones e incluso miedo al rechazo. “Recordemos que el apego también es la base para la regulación emocional”, advierte. A futuro, estos vacíos pueden expresarse en conductas evitativas o un apego dependiente.
No obstante, Cámere señala que es posible reparar parte de estas huellas siempre y cuando haya un entorno estable, un contexto donde la persona pueda desarrollar estas cosas que en su primera infancia no tuvo. La clave está en contar con vínculos seguros, muestras de afecto y, de ser posible, acompañamiento profesional.
En relación con la identidad, subraya que “la identidad se construye a partir de una coherencia de tres factores: lo que yo soy, lo que yo siento y lo que yo sé de mí mismo”. Por ello, ocultar el origen o mantener secretos puede generar confusión y sentimientos de no pertenencia. En cambio, cuando al niño se le ofrece la información adaptada a su edad y en un marco de aceptación, puede integrar su historia como parte de sí mismo sin que esto defina negativamente su valor.
Respecto al papel de los padres adoptivos frente a los prejuicios sociales, recuerda que la autoestima, por más que el colegio influya, tiene como base la familia. La aceptación y el respaldo en casa fortalecen al niño para enfrentar comentarios externos. “Cuando el niño percibe que es amado y defendido, desarrolla herramientas para afrontar estas situaciones”.
Finalmente, aconseja a los padres adoptivos que ningún padre viene con un manual que diga “esto es lo que tienes que hacer”. Pero sí es importante la base del amor, la comprensión y el cuidado. Y, sobre todo, entender que no están solos y que pueden pedir ayuda.
Hablar de adopción sin tabúes
“Mi mamá tenía miedo de que en el colegio me molestaran. Y sí, lo hacían. Me preguntaban dónde estaba mi papá, por qué a mi abuela le decía mamá y a mi mamá le decía Rosa. En los cumpleaños me presentaban como la hermanita de Rosa, y era como si mi abuela fuera mi madre. Siempre había ese tipo de preguntas que a mí me generaban mucha confusión»
Recuerda Lucía
Cuando supo la verdad, no fue un golpe, sino un alivio: la confianza de poder responder, de entenderse a sí misma y encarar las dudas de los demás.
Cada historia es distinta, pero lo que nos revelan es que lo que lastima no es el hecho de ser adoptado/a, sino el tabú que lo rodea.
El abandono deja una huella, pero son los prejuicios los que pueden agrandarla aun más. Hablar, acompañar y reconocer a los niños como sujetos de derecho es la única manera de cerrar esas heridas.
No se trata solo de preguntar cuántos niños esperan una familia, sino cuántos adultos estamos dispuestos a mirar sin prejuicios y construir vínculos reales. Porque adoptar no debería ser solo un “plan B”: es otra forma legítima de hacer familia.






