Miles de niños y niñas en Perú están en albergues sin supervisión del Estado

En entrevista con Contranoticia, Martín Milla, director de la organización Sinergia por la Infancia y de la casa hogar Rayito de Luz, aborda la crisis que por años aqueja al sistema de protección de niños, niñas y adolescentes en Perú.

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12–18 minutos

Por Lucero Ascarza

Se estima que en Perú existen 17 mil niños, niñas y adolescentes en situación de desprotección. Menos de la mitad habita en uno de los 237 Centros de Acogida Residencial (CAR) acreditados por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP). Los demás pueden estar en la calle o en casas hogar que —al no estar registradas como un CAR— no son supervisadas. El gobierno no tiene un registro de cuántas son, quiénes las administran o en qué estado están los menores que albergan.

Martín Milla es director y fundador de Sinergia por la infancia, una organización que por 20 años se ha enfocado en la atención de niños, niñas y adolescentes en situación de calle, labor que realizan en el albergue Rayitos de Luz en el distrito de Pachacamac.

Desde 2020, Sinergia por la infancia ha presentado cinco demandas contra el MIMP, acusando a la institución de negligencia o descuido respecto a los menores que deben proteger. En entrevista con Contranoticia, Milla comparte su visión sobre la crisis del sistema de protección del Estado y los motivos por los cuales el albergue que dirige no se ha registrado como un CAR. Es decir, por qué han decidido no regirse por las normas estatales.

¿Cómo decidieron iniciar con el proyecto del albergue Rayitos de Luz?

Tanto yo como las otras dos fundadoras veníamos años haciendo voluntariado en programas con colectivos de niños en situación de calle. Y en los diálogos con los chicos nos dimos cuenta que ellos a veces encontraban espacios que les brindaban asistencia material —alimentos, cobijo, cama—, pero siempre había un vacío, una falta de pertenencia. No sentían ese espacio como propio y, claro, al poco tiempo los veíamos nuevamente en la calle.

La pregunta era siempre «Oye, si allá tiene cama, comida, estudios, ropa, ¿por qué prefieres estar en la calle donde no tienes nada?». Y ellos decían «Sí, pero acá tengo mis amigos, mi familia… en los otros lugares no siento que sea mi casa».

Hace 20 o 30 años había albergues o casas de acogida que podían tener hasta 100 chicos. Entonces, claro, lamentablemente se sacrificaba un elemento importante que es la vinculación de la persona con el programa de asistencia. Además, se daban también situaciones de abuso, de maltrato, y no se identificaban a tiempo porque no había una atención individualizada del niño. Por eso, cuando iniciamos Sinergia pensamos en abrir una casa pequeña, máximo con 10 chicos, y hasta ahora mantenemos ese número.

¿Con qué población trabajan?

Bueno, iniciamos hace 20 años con dos programas. Por un lado, la casa de acogida, y por otro lado, el acompañamiento en calle. Nos acercamos a espacios públicos donde normalmente pernoctan o deambulan niños, niñas, jóvenes y tenemos un contacto directo con ellos. Luego con el tiempo vimos que chicos que habían vivido con nosotros, que habían salido de la calle, tenían muchas dificultades de mantener a sus hijos dentro del espacio familiar porque a veces tenían que salir con ellos, trabajar en las calles. Entonces hace 8,9 años empezamos un proyecto para prevenir que se continúe la cadena. Atendemos a 10 familias cuyas cabezas de familia, los padres, son personas que estuvieron en situación de calle. Y el cuarto programa que tenemos es de incidencia politica y social.

Y respecto a las edades, ¿cuál es el perfil de los menores que atienden?

El programa de acogida recibe niños y adolescentes, pero sobre todo adolescentes. En el caso de los niños en situación de calle, el perfil es variado. Puede ser un niño que pasa tiempo en la calle con sus padres vendiendo, para él o ella la calle es una herramienta, una estrategia de supervivencia. Aún si no vive en la calle, ese es un espacio vital. Ese sería el perfil de los niños trabajadores. Luego, tienes niños que viven y pernoctan en la calle. Y luego, tienes a los niños que están en tránsito de calle. Los niños migrantes por ejemplo, que duermen en las carreteras, para quienes la vía pública es su espacio vital.

Muchos de ellos pueden haber empezado el vínculo con la calle desde muy pequeños, desde bebés incluso. Por ejemplo, las personas que subsisten de la mendicidad pasan horas con sus bebés pidiendo limosna. Ese bebé no interactúa con la calle, pero cuando tenga 4,5 años y empiece a moverse va a estar expuesto a las condiciones de la calle: contaminación ambiental, violencia, estrés auditivo… Además, empezará a desarrollar hábitos que lo vinculan con la calle: ya saben dónde ir a pedir comida o limosna, dónde estirar la mano.

Nuestro programa de acogimiento atiende los perfiles que tienen una vinculación muy fuerte con la calle, y esa vinculación la encontramos a partir de los 10, 11 años. Cuando encontramos más pequeñitos, buscamos promover su acogimiento en otros programas, con chicos de menor riesgo. ¿Por qué? Un niño de 11 años que viene de situación de calle está habituado a hablarte de violencia, consumo de sustancias, abusos, y lo tiene interiorizado. En cambio, los más pequeños pueden haberse acercado a esas situaciones pero aún no han desarrollado un hábito.

En agosto de este año, Sinergia por la infancia cumplió 20 años de funcionamiento. Entre la población que atienden hay niños y adolescentes en situación de calle, pero también hijos e hijas de padres que estuvieron en esa situación en el pasado.

¿Sabe si existen otros programas que atiendan perfiles similares?

Yo creo que faltan programas que trabajen con jóvenes en situación de calle, pero también que consideren las características propias de algunos perfiles. Por ejemplo, si son chicos con problemáticas de consumo de droga muy fuerte, nuestro espacio no sería el más adecuado. En ese caso, requieren de una comunidad terapéutica, más especializada en el tema de consumo de drogas.

Actualmente tenemos un chico de 16 años con discapacidad intelectual que ha estado viviendo en la calle, pero estamos tratando de buscarle a él un espacio diferenciado. Si bien su perfil es de vida en calle, su necesidad mayor es la atención de su discapacidad.

¿Cómo se vincula el trabajo que ustedes realizan con el que realiza el Ministerio de la Mujer?

Hay una característica muy importante que tenemos en cuenta para nuestro trabajo: el deseo voluntario del niño o adolescente de ingresar a nuestra casa de acogida. Entonces, si encontramos a un niño en la calle, le preguntamos y le explicamos que, por ser menor de edad, necesitamos autorización de un familiar o del Ministerio de la Mujer. Casi siempre nos dicen «ya, avísale a mis papás, pero todavía no quiero que vengan a verme». Entonces, ni bien el chico ingresa a la casa, contactamos a la familia y nos mantenemos en contacto con las familias.

Cuando los chicos no quieren que las familias sepan, nos acercamos al Ministerio de la Mujer. Siempre con el riesgo de que ellos puedan solicitar el externamiento del menor. ¿Por qué? Porque nosotros no nos hemos conformado nunca —y tampoco es nuestra pretensión— como un centro de acogida residencial.

¿Cuál es el motivo por el que no quieren ser un CAR?

A ver, lo explico un poco. Si una niña está viviendo en la calle, de forma tácita sabemos que está desprotegida, ¿verdad? Pero a nivel legal, esta desprotección se tiene que sustentar. El Decreto Legislativo 1297 marca todas las condiciones y características del sistema de protección para niños, niñas y adolescentes sin cuidados parentales o en riesgo de perderlos. Con esta norma, se le da la facultad al MIMP, o en todo caso a los juzgados, para determinar la situación legal del niño. Entonces, por ley, todo niño que es declarado en desprotección familiar, solo puede ser derivado a un CAR autorizado y acreditado por el Ministerio de la Mujer. Y bueno, actualmente, se ha dado un año de plazo más para que los CAR que quieran acreditarse para acoger a niños derivados por el ministerio.

Nosotros, por el principio de voluntad propia del niño, no acogemos a niños derivados por el Ministerio ni por juzgados. Como institución, creemos que el niño tiene que tener el deseo y la voluntad de estar en nuestro programa. Cuando el niño llega forzado por una instancia gubernamental, se dan situaciones de evasión o de boicot dentro de la casa. Por eso nosotros no somos un CAR. Nosotros trabajamos directamente en acuerdo con la familia. El chico es ubicado en calle y, teniendo en cuenta su decisión, finalmente quienes autorizan que el chico permanezca en nuestra casa son los padres, quienes luego se involucran en las actividades que organizamos.

Imagino que no son la única institución que decide no funcionar como un CAR, ¿qué otro motivos puede haber?

Hay un número grande de casas hogares que no desean trabajar con el Ministerio porque, básicamente, quieren mantener sus objetivos y principios sin que se vean vulnerados. Casas como Don Bosco, Juan Pablo Magno, o el Centro de Integración de Menores en Abandono (CIMA) que funciona en Lima, han dejado de trabajar con el gobierno porque se ven atropellados en sus metodologías de trabajo.

«Hay una característica muy importante que tenemos en cuenta para nuestro trabajo: el deseo voluntario del niño o adolescente de ingresar a nuestra casa de acogida»

¿Y qué desafíos implica no ser un CAR para su trabajo con niños, niñas y adolescentes?

Si un chico llega y me dice «Martín, no quiero que le digas a mis papás que estoy aquí y no tengo a quién contactar», yo le digo que tengo que ir al ministerio a informar. Y puede pasar que el ministerio me diga «me traes al niño acá» o que me ayuden a sacarle la autorización a los padres. Va a depender mucho del funcionario público. Puede pasar que me digan: «Tú no eres un CAR, no puedes recibir a ese chico. Primero tengo que declararlo en desprotección y si se declara en desprotección, como ministerio, el chico no puede ir contigo».

En pandemia, lamentablemente, vimos el caso de siete chicos que estaban en la calle y no podían comer porque todo estaba cerrado, en confinamiento. Nosotros salíamos con un permiso especial a llevarles comida y nos pidieron venir a la casa. Hicimos algo excepcional, porque normalmente no recibimos de pronto un número tan alto de niños, pero era un tema de humanidad.

El problema es que teníamos que informar al ministerio porque ellos eran de Huancayo. Acá en Lima no había familiares a quiénes pedirle autorización y no podíamos ir a Huancayo. Entonces, cuando le pedimos autorización al MIMP, me dijeron que los lleve. Los llevé y al final no los dejaron salir, se quedaron ahí, y los chicos se molestaron conmigo. Porque claro, hay un estigma muy fuerte respecto a los sistemas de protección del Estado. Tú le preguntas a un niño de la calle por INABIF y te dice que no quiere estar ahí, es como el diablo.

¿Existen otras diferencias entre el trabajo que ustedes realizan y el trabajo que se realiza en un CAR?

Así como tenemos el criterio de que los chicos lleguen por su propia voluntad, también consideramos que se queden hasta el momento en que decidan. A veces nos dicen «quiero retirarme, no me adapto, extraño la calle». Igual buscamos estrategias para que ese chico supere ese pico de desánimo o ansiedad, o incluso consumo de drogas, pero no los obligamos a quedarse. Agotamos hasta el máximo las posibilidades, y si es la única opción, en el peor de los casos, los acompañamos al lugar donde frecuentan en la calle.

Y nos pueden decir «oye, pero tú incluso le haces el delivery a la calle». Pero yo prefiero llevar al niño a un lugar donde tiene referentes a dejarlo en la calle a decenas de kilómetros donde nosotros estamos en Pachacamac y que se pierda o termine durmiendo en un lugar donde no conoce a nadie. Y claro, con los niños intentamos de todo y es más probable convencerlos de que se queden o de llevarlos con un familiar. Pero si llegan con 14, 15 años ya están empoderados, son más independientes y no suele ser lo más adecuado forzarlos porque se rompe el vínculo de manera brusca cuando no respetamos sus decisiones. Lamentablemente, este es un criterio que no se valora en el MIMP y se fuerzan procedimientos por encima del interés superior del niño.

En el INABIF los niños pueden pasar meses sin tener entrevistas con los padres, no ven a su familia. Acá en Sinergia por la infancia y en otros programas privados, los chicos salen a interactuar con su comunidad. Van a jugar pelota, salen de paseo.

¿Le parece que el MIMP le pone muchas trabas a las casas hogar como la de ustedes?

Bueno, nosotros hemos efectuado hasta ahora cinco denuncias contra el ministerio por temas de protección, negligencia, abuso, abandono. Pienso que lo que sucedió en pandemia con esos siete chicos a los que les negaron venir a nuestra casa hogar pudo ser un tema de revanchismo institucional. Porque para esa época la ley no era tan rígida como es ahora. El año pasado, un grupo de congresistas sacó una ley para responsabilizar administrativa y civilmente a los funcionarios que envíen a niños a programas que no están acreditados. Sacaron eso por una denuncia que nosotros hicimos en su momento, de niños que habían sido llevados a un centro de rehabilitación de adultos.

[Nota de edición: En 2022, basándose en denuncias de Sinergia por la infancia, congresistas de la Comisión Especial de Protección a la Infancia acudieron al centro de rehabilitación Vittale —que atiende a adultos con problemas de adicción— y encontraron a tres menores de edad que habían sido derivados ahí por el MIMP. Es importante precisar que Vittale no estaba constituido como un CAR y menos tenía acreditación del ministerio]

Creo que el foco está en que el Ministerio de la Mujer debería reconocer la labor que realizan decenas de organizaciones privadas con grupos de infancia. Ahorita hay aproximadamente 5000 chicos declarados en desprotección. De esos 5000, 2500 están en programas del INABIF y la otra mitad está en programas privados que son CAR registrados con el ministerio. Pero aparte hay otros miles de niños que están en programas privados que están trabajando temas de prevención y protección con niños en abandono que no están mapeados por el MIMP.

Yo creo que el ministerio debería tomar en cuenta programas que no son CAR. Y además, establecer mecanismos de supervisión mínimos. Porque yo puedo ser bueno para abrir una casa hogar, pero también podría ser muy perverso para aprovecharme de una casa hogar. ¿Y quién ve eso? Eso solo se ve cuando sale una denuncia por maltrato. Recién ahí el ministerio corre a decir «esta casa no era acreditada» y con eso quita cuerpo.

Entonces, si una casa hogar no se rige por los criterios del MIMP no se registra como CAR y si no es CAR, ¿no recibe ninguna supervisión?

Peor, no supervisan ni a los menores a los que sí tienen mapeados. Nosotros conocemos casos de chicos a los que el ministerio dejó en una casa hogar y nunca volvió a hacerles seguimiento. Acá en Lima, dejaron a una niña en una casa y dos años después ella cumplió 18 y salió por mayoría de edad. En esos dos años, el ministerio nunca preguntó por la niña. Se enteró porque la casa hogar les informó. Y el ministerio recién meses después ha ido a verificar que la chica ya no estaba. Aquí mismo tenemos a un joven que llegó a los 12 años. Nosotros pedimos la autorización para que él viva con nosotros y nos la dieron —en ese tiempo no estábamos tan peleados—, y nunca volvieron a preguntar por él. Nosotros tuvimos que informarles cuando cumplió mayoría de edad. Ahora, yo no me hago problema porque no venga el MIMP, pero debería venir.

Me gustaría tener información de cuántas casas hogares existen fuera del sistema del ministerio, pero no figuran en registros. Te enteras de ellas porque un amigo te comenta, o un niño te comenta. Yo creo que acá en Lima nada más, entre los privados fácil están arriba de 1500 los niños que están atendiéndose en programas privados que no son CAR. Eso es muchísimo.

Sin ningún registro, el ministerio no puede saber que existen esas casas hogar o en qué circunstancias están…

No, mira el caso de Imanol. Tú buscabas en internet y figuraba como una casa hogar, pero era un centro de rehabilitación para adultos. Y un tiempo, el MIMP por incapacidad operativa de albergamiento, empezó a buscar por internet casas hogar y pum, les salió Imanol, casa hogar en San Juan de Lurigancho. Y con eso ellos pensaban que estaban enviando al niño a una casa adecuada, pero no se tomaron el tiempo ni cuidado de ir, entrar y mirar. Llegaban a la puerta y dejaban a los niños, no entraban a ver los ambientes hasta que denunciamos y salió públicamente. Hasta ahorita la denuncia sigue su curso porqe así de lento es el sistema judicial.

Por eso, mínimamente el rol del gobierno debería ser que aunque no tengas una casa que funcione como CAR, debería haber un monitoreo y supervisión. Tampoco hay ninguna motivación para acreditarse. A nosotros como Sinergia no nos hace ninguna diferencia, no hay ningún beneficio. No nos dan subvenciones, no nos apoyan con profesionales. Las casas hogar se mueven por la solidaridad de muchas personas o financiamiento de fundaciones. Pero el gobierno solo pone niños en los CAR privados, luego ni preguntan por ellos o ven qué necesitan.

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