Fotoreportaje de Randy Reyes
El día aún no amanece cuando las primeras siluetas se internan en los cañaverales. En los campos de cultivo del valle Chicama y Laredo, en la región La Libertad, y también en extensas zonas agrícolas de Lambayeque, el trabajo comienza en la oscuridad, bajo un cielo espeso que pronto se teñirá de humo y ceniza.

Son trabajadores migrantes de la sierra del Perú. Hombres que han dejado atrás sus comunidades andinas, sus familias y su tierra, empujados por la urgencia económica. Llegan cada temporada para enfrentarse a uno de los trabajos más duros y peligrosos del país: el corte manual de la caña de azúcar.

Antes del ingreso, los campos son incendiados. El fuego avanza rápido, devora las hojas secas y deja un paisaje calcinado. El aire se vuelve irrespirable. El humo se mete en los pulmones, arde en los ojos y cubre la piel con una capa negra que no se borra fácilmente. Bajo ese escenario hostil, los jornaleros ingresan con machete en mano.

Cada movimiento es repetitivo, violento y preciso. La caña se corta al ras del suelo, entre cenizas calientes, espinas afiladas y restos aún humeantes. El calor golpea sin tregua. La respiración se vuelve pesada. El sudor corre mezclado con polvo negro y sangre fresca. Los cortes son parte cotidiana de la jornada: brazos, piernas y manos marcadas por heridas abiertas, quemaduras y cicatrices recientes.

El sonido metálico del machete al caer sobre los tallos marca el ritmo del día. No hay pausas reales. El pago depende del volumen cortado. Más caña, más dinero. Menos fuerza, menos ingresos. El cuerpo es la única herramienta, y también el primer límite.

Las jornadas se extienden por horas interminables. No hay sombra. No hay alivio. El sol cae a plomo sobre campos quemados que reflejan el calor como un horno abierto. Algunos trabajadores cubren sus rostros con telas húmedas para filtrar el humo; otros resisten a pulmón limpio, aun sabiendo que el daño es silencioso y progresivo.

Al final del día, los cuerpos regresan cubiertos de hollín, agotamiento y dolor. Los campamentos improvisados ofrecen poco descanso: agua racionada, alimentación básica, colchones precarios. No hay atención médica constante. Las heridas se limpian de manera artesanal. El cansancio se acumula. El desgaste es prematuro.

Este es el costo invisible del azúcar. Detrás de cada grano que endulza una bebida o un postre, existe una cadena de esfuerzo extremo sostenida por la migración forzada, la precariedad laboral y la exposición permanente al riesgo.














